sábado, 9 de mayo de 2015

Moarning.

'(...) era temprano, pero no lo suficientemente temprano. Tampoco era el primer rayo de luz de aurora, pero ya correteaba de un lado a otro por el alféizar de sus pestañas. Era el deseo más explícito que la provocación y ella aún debía estar en ese 'algún otro lugar' que del que no se es pero se está. Por primera vez trató de encender su melena pero no encontró la manera de escapar a la tez, bailó sobre su cuello el vals de las hojas y ramas del árbol que había en frente de su balcón y después arremetió suavemente hasta bañar aquella playa que le devolvió en forma de reflejos dorados que inundaron su habitación. Hubo un destello momentáneo de cielo y pupilas junto a una sonrisa a medias compartida y un fogonazo que hizo todo estremecerse (y...) 

Seguía siendo temprano.
Yo aún no me había ido.
Pero ya no estaba aquí.
¿Alguna vez lo estuve?
¿O fui espectador?

Tenía que quedarme mientras hiciera calor.
No podía dejar de mirar hacia otro lado.
Y menos aún: escapar.'

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Aún sigo prefiriendo mil palabras antes que una sola imagen.

Quizás por es por eso por lo que no me he hecho Instagram todavía.

O simplemente piense que una palabra pueda ser mil imágenes al mismo tiempo.

A veces me pregunto: '¿pero a quién le importa la palabra?'. Y sólo veo que a quién realmente le importa la usa para engañar, confundir o convencer al resto de que lleva la razón en algo de lo que él mismo previamente ya sabe que no la lleva o que es injusto. Constituyendo a la justicia como algo imputable por igual a todo el mundo cuando no son capaces ni siquiera de conseguirlo con ellos mismos. Pero quién soy yo para hablar de verdad y valores cuando ya he perdido la coherencia.

Otras veces mi pregunta es: '¿dónde están H. Chinaski, L. Anderson, el viejo,  Josef K. y G. Samsa, N. Belane, o Pedro aquél del Páramo?' Es entonces cuando me doy cuenta de que son la única prueba de que aun estando todo perdido nada en realidad lo está.

Y sin embargo hay otros momentos en los que no pienso en nada:





Sigo disfrutando de cosas tan simples como pinchar jazz en  La Galerna mientras leo la poesía del Indio Zammit a las 3:30 a.m. de un viernes cualquiera con una rubia centroeuropea de la mano y la otra en mi cabeza.
Mientras espero que el protagonista de la novela que estoy leyendo no muera al final del libro, esta vez.

Pablo.

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