martes, 9 de octubre de 2012

Se apostó un horizonte, y lo perdió por el camino.

Dicen que Venus fue su madre, y que Marte es padre. Debió ser concebido en el momento en que las órbitas todavía se estaban configurando, cuando el Sol era joven y aún no se le habían ido todas las pecas. Nació y creció sobre un cometa de hielo candente que dejaba una estela de terciopelo a su paso en la que crecía un jardín de buenashierbas con olor a menta, y, cuando tuvo la edad suficiente, viajó en asteroide a lo largo de todo el sistema solar. Conoció tierras desérticas y calurosas, frías e inhóspitas, la luz más cegadora y la oscuridad más inquietante. Y no paró hasta encontrar el agua líquida suficiente que le diera sentido a su sed de aventuras. Una vez localizado sólo tenía que esperar en la parada de las estrellas fugaces a que llegara una que le llevase al planeta de la fotosíntesis. Consultó los horarios, y justo habría uno que pasaba después del próximo eclipse. El trayecto no fue demasiado complicado, aunque era sólo de ida y de alta velocidad, y al llegar pudo sentir la inmensidad del salitre azul chocando contra él envuelto en paños tejidos con la seda de las perlas vaporizada.

Cuando despertó, el amanecer era de oro y fuego sobre la superficie brillante marina, y sin embargo la sal no le cegaba los ojos. Por un momento pensó "Nada es casualidad porque todo tiene una explicación. Deben de ser las seis y media, el rumbo ha de ser Sur." Improvisó el estilo libre y pronto encontró una playa de arena suelta. Brotaba una brisa de sus manos y el oleaje se convertía en espuma blanca y burbujas de aire verdoso. La tierra rasgaba la suavidad del mar con cada ida y venida, como intentándole transmitir un mensaje en morse desde las profundidades que las rocas y los acantilados eran incapaces de descifrar. Al final todo el fósforo en sus estructuras acabaría en algún sumidero oceánico.

Sus primeros pasos no fueron vacilantes sino volátiles, no hubo gravedad en ellos que pudiese hacer que pisara cualquier criatura. Casi todo el día lo pasó observando y aprendiendo a reconocer su entorno. Descubrió el que el verde se vuelve amarillo y después marrón para volver a su origen, que los azúcares tienen también ascendencia solar anabólica, que existe una lucha sin cuartel entre oxidantes y reductores, que la supervivencia acaba siendo un medio y con un fin, y que hay una jerarquía terrícola no decidida democráticamente.

Todo esto se lo enseñó un bosque que se encontraba de paso entre un puerto de montaña y otro de mar. Era peculiar, le estuvo contando que era itinerante y que los gusanos de seda jugaban al bingo con las hojas de la morera en una criba. Y que huía de un fuego que hablaba cenizas y dejaba un paisaje monocromático después. También le explicó los peligros del miedo y la insatisfacción y que para poder deshacerse de ellos debería coger una sola estrella polar del centro de un laberinto.

Decidido, quiso despojarse de toda esta incoherencia matutina y fue a correr con los riesgos y caminar con su determinación. Al principio las ramas hablaban sobre herejías y tuvo miedo, pero consiguió afinar las cuerdas de una enredadera y en un momento su caminar era el ritmo y sus oídos los que creaban la música. Cuando llovía, las hojas hacían de timbales y los pedúnculos de platillos. Las flores eran gramófonos y la corteza sus vinilos. Todo quedaba grabado en el espesor de la maleza y la hojarasca caída, que, al ser pisada, emitía los armónicos del arrullo que traía el viento. Caía la noche como un vaso derramado sobre el papel, abarcándolo todo, extendiéndose paulatinamente y siendo absorbido por todas y cada una de las partículas elementales del ecosistema.

Apremiaba encontrar un lugar donde resguardarse, porque nadie añora el desamparo nocturno y la soledad. De entre las pocas cosas que su padre le había dejado antes de partir en su viaje de los eones había una linterna intermitente. No es que funcionara mal, sino que el ávido espacio intentaba atraer toda la luminosidad posible de su entorno para sí, y de esta manera de su bombilla goteaba la luz de pureza que incandescía en todos los colores al impactar con el suelo. Aquél rastro hacía sus veces de guía y de fantasía,  en el que, por un momento, todo era distinto para volver convertirse en lo que entendemos por original.

A pesar de que alrededor no todo estaba oscuro consiguió encontrar un claro que giraba alrededor de un árbol, en el que todo el tiempo era cóncavo para que el agua de rocío pudiera resbalar por sus paredes. Y descansó a su pie hasta que todo estuvo tan tranquilo como para conciliar el sueño y volver de esta manera a la Realidad en la que todo lo que es pensable existe, pero en la que, sin embargo, no todo lo que existe es pensable. (...)


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La Realidad que percibimos no son más que destellos de la Realidad que nos rodea. Y de esa Realidad que percibimos tan sólo una pequeña parte es que la interpretamos objetivamente. El resto es mera casualidad. Causalidad de algo que conocemos como intuición.

Realmente casi todo está en la manera de mirar, y podemos tanto ver lo mismo desde distintos ángulos, como ver cosas distintas desde el mismo ángulo. El truco está en no perderse (en) lo imprescindible para poder continuar observando.

Y lo cierto es que nada es imprescindible, excepto TÚ. 
Que eres Algo y Alguien a la vez.






Porque vuelve Blur y porque me gusta mucho Damon.
Porque fueron mis canciones del verano.


Hay que viajar, pero siempre con los Kinks, y este vídeo siempre me ha hecho gracia.

Ha sido un muy buen verano, y he tardado demasiado en publicarlo.
No puedo decir pronto, pero puedo decir que habrá otra parte por lo menos.

Pablo.

1 comentario :

  1. "El truco está en no perderse (en) lo imprescindible para poder continuar observando." me gusta todo.
    saludos.

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